
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Hay discusiones públicas que parecen nuevas pero en realidad son viejas con otro disfraz. El fenómeno de los llamados therian (personas que en determinados momentos se identifican con un animal y lo expresan a través de conductas simbólicas) ha generado alarma, burla y, en algunos casos, una indignación que revela más sobre quien se escandaliza que sobre quien se pone una máscara.
Me gustaría iniciar con un dato elemental: los therian no viven las veinticuatro horas del día gruñendo, maullando o caminando en cuatro patas. No abandonan su empleo para irse a pastar al parque ni pagan impuestos con croquetas. La mayoría entiende perfectamente que es humana y que su identidad simbólica se expresa en contextos específicos, en tiempos acotados, muchas veces privados o dentro de comunidades que comparten el mismo juego. Es más cercano a una representación pactada que a una renuncia a la realidad.
La sociedad, de hecho, funciona así desde hace siglos. Existen personas que los fines de semana se reúnen a recrear mundos medievales: uno es hechicero, otro sacerdote, otro guerrero, y durante unas horas todos acuerdan entrar en esa ficción compartida. Termina el evento, guardan la espada de utilería y el lunes regresan a la oficina. Nadie pretende que el cajero automático les dispense monedas de oro. Entendemos que es un espacio delimitado, un juego con reglas y fronteras.
Con los therian debería operar el mismo principio básico de convivencia: libertad individual sí, imposición no. Cada persona es libre de divertirse como quiera, siempre que no exija que el resto de la sociedad adopte su código. Un individuo puede caminar en cuatro patas en un parque si así lo desea, pero no puede obligar a quien no comparte esa visión a tratarlo literalmente como un animal. La libertad se ejerce hacia adentro; no se impone hacia afuera.
Sin embargo, el punto más delicado no es estético ni performativo. Es moral en el sentido más práctico de la palabra: prioridades. Si un hombre tiene hijos por mantener, responsabilidades económicas que cumplir, compromisos básicos con su familia o su trabajo, y decide ignorarlos para vivir permanentemente en una fantasía, el problema no es la fantasía. El problema es la jerarquía invertida. Ninguna identidad simbólica exime de pagar la renta ni de educar a los hijos.
Aquí es útil recordar la pirámide de Maslow, no como dogma psicológico sino como metáfora social. Primero están las necesidades básicas: alimento, seguridad, estabilidad. Luego vienen el afecto, el reconocimiento y, en la cima, la autorrealización. Cuando una persona ha cubierto sus responsabilidades fundamentales, cuando cumple con su familia, trabaja con dignidad y no evade sus deberes, entonces tiene pleno derecho a explorar la cima de su pirámide como mejor le parezca. Si su forma de autorrealización consiste en conectarse con un lobo interior durante un par de horas el sábado por la tarde, es asunto suyo.
La convivencia no exige uniformidad; exige orden. El problema no es que alguien juegue a ser animal, guerrero medieval o superhéroe. El problema surge cuando ese juego desplaza lo esencial o pretende colonizar los carriles sociales de las demás personas. Mientras cada quien atienda sus obligaciones y delimite sus espacios de expresión, la diversidad de conductas es parte natural de una sociedad libre.
Tal vez vemos peligro social en dónde menos lo hay. Existe verdadero peligro en las altas esferas, dentro de las cuales se están cometiendo verdaderas atrocidades y crímenes mayúsculos. Que un grupo de personas decida divertirse como animal es de lo más inofensivo e inocente. Los Therians no representan ningún peligro, somos nosotros los que estamos viendo una amenaza en el sitio equivocado.
Tal vez el debate real no sea sobre máscaras, colas imaginarias o saltos en cuatro patas. Tal vez sea sobre algo más antiguo: la dificultad de aceptar que la libertad ajena nos incomoda cuando no la entendemos. Pero la regla es sencilla y ha funcionado durante siglos: cumple primero con lo que debes, y después juega a lo que quieras. En ese orden, casi todo cabe.

