
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
El tiempo tiene una manera extraña de acomodarse en la memoria. A veces avanza como una locomotora sin frenos y otras se queda suspendido, congelado en una escena que parece repetirse en bucle. Han pasado ya seis años desde que se confirmó el primer caso de COVID-19 en México y, sin embargo, cuando uno mira hacia atrás, cuesta trabajo procesar todo lo que sucedió. Es como intentar reconstruir un accidente después de haber sido atropellado por un tráiler: recuerdas el golpe, el ruido, el desconcierto, pero no alcanzas a entender del todo la secuencia de los hechos. Aquí seguimos. Eso, en sí mismo, es una victoria silenciosa.
El miedo fue lo primero. Un miedo nuevo, viscoso, que no se parecía a nada conocido. Nos enfrentábamos a una enfermedad sin rostro, sin manual, sin certezas. Al inicio creímos que podíamos domarla con rituales domésticos: los tapetes desinfectantes parecían la frontera definitiva entre la vida y la amenaza; los guantes se convirtieron en la armadura improvisada de una sociedad que no sabía todavía que el enemigo viajaba en el aire. Durante semanas, el mundo fue una coreografía torpe de manos enjabonadas, superficies rociadas con cloro y miradas que evitaban tocarse.
Luego llegó el cubrebocas, y con él, la conciencia de que la normalidad había dejado de existir. Respirar dejó de ser un acto automático para convertirse en un gesto vigilado. Salir a la calle implicaba una tensión invisible, una alerta permanente. Todo era sospechoso: el elevador, el dinero en efectivo, el saludo, la cercanía. Aprendimos a medir la distancia entre los cuerpos como si estuviéramos trazando líneas de defensa en un campo de batalla.
El 17 de marzo de 2020 quedó marcado con tinta indeleble en la memoria personal y colectiva. Aquel día se nos ordenó confinarnos en casa. Para algunos fue una noticia devastadora. Para otros, una pausa necesaria. En medio del agotamiento crónico que muchos arrastrábamos, la idea de encerrarse sonó, al principio, incluso tentadora y placentera. Hubo quien celebró la promesa de unos días sin tráfico, sin compromisos, sin horarios. Parecía un paréntesis breve, una especie de influenza extendida. Dos semanas, quizá tres. Nadie imaginaba que estábamos abriendo la puerta a uno de los capítulos más complejos de nuestras vidas.
La pandemia fue una sacudida comparable a un temblor. Primero el movimiento, luego el silencio espeso de los segundos posteriores, cuando uno no sabe si ya terminó o si lo peor está por venir. Hubo días en los que despertábamos con la sensación de seguir dando vueltas, como esos personajes de caricatura que giran con pajaritos revoloteando sobre la cabeza. La realidad perdió sus contornos habituales. El tiempo se volvió elástico. Los meses se desdibujaron en calendarios repetidos, en noticias que parecían calcadas unas de otras, en estadísticas que crecían como una marea imposible de contener.
Y sin embargo, aquí estamos. Con cicatrices invisibles, con una especie de estrés postraumático que se activa a veces sin previo aviso, cuando escuchamos una tos en un lugar cerrado o cuando recordamos la incertidumbre de aquellos días. Sobrevivir no significa necesariamente haber comprendido lo vivido. Muchas experiencias se quedan suspendidas en el cuerpo y en la mente como una pregunta sin respuesta.
Quizá por eso conviene detenerse un momento y reconocer lo extraordinario de lo cotidiano. Seguir aquí es un privilegio que durante la pandemia dejó de ser una obviedad. Aprendimos (a golpes, a pérdidas, a distancia) que la vida puede cambiar de rumbo en cuestión de horas. Que la fragilidad no es una excepción, sino una condición permanente.
Seis años después, el mundo sigue avanzando. Las calles volvieron a llenarse, los bares reabrieron sus puertas, las celebraciones recuperaron su ruido. Pero algo en nosotros cambió para siempre. Tal vez la verdadera tarea ahora no sea olvidar lo ocurrido, sino integrarlo, comprender que aquella sacudida nos recordó lo esencial: que el tiempo pasa más rápido de lo que creemos y que cada día que seguimos aquí, respirando sin miedo, es una forma discreta de triunfo.

