
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
En aquéllos lejanos 1970 y 1986 México se preparaba para recibir al mundo construyendo estadios, carreteras y sistemas de transporte. Hoy parece que nos estamos preparando como esas familias chabacanas que descubren el jueves que el sábado llegarán visitas: escondiendo la basura debajo de la cama, poniendo una sábana bonita sobre el sillón roto y rezándole a Dios para que el boiler aguante tres días más sin explotar.
El Mundial ya está prácticamente encima y el país entero parece vivir en modo “que no se note el mugrero mientras viene la gente”. Pintura nueva encima de paredes húmedas. Baches tapados con cemento que durará menos que un matrimonio de reality show. Aeropuertos parchados. Transporte público saturado. Policías improvisados como anfitriones internacionales. Y una maquinaria propagandística empeñada en vendernos la fantasía de que México está listo para convertirse en el centro del planeta futbolístico cuando ni siquiera puede garantizarle agua constante a varias de sus ciudades.
Porque esa es otra: el Mundial llegará en plena temporada de lluvias. El timing perfecto para que las calles colapsen, para que los drenajes revienten, para que los turistas extranjeros descubran que en muchas ciudades mexicanas basta una tormenta de veinte minutos para convertir avenidas en canales venecianos… pero con olor a drenaje y cables colgando. Nada representa mejor nuestra planeación nacional que organizar la fiesta global del futbol justo cuando media infraestructura urbana entra en modo “sálvese quien pueda”.
Pero claro, mientras el techo gotea, el mexicano promedio hace lo que sabe hacer mejor: aparentar. Porque el Mundial también será el festival nacional del sobreprecio. Hoteles que normalmente cuestan dos mil pesos la noche ya empiezan a fantasear con cobrarse como si fueran suites en Dubái. Cuartos miserables, con clima descompuesto y regaderas deprimidas, vendidos a precios que harían sonrojar a un jeque árabe. Y los boletos… ah, los boletos. El futbol, ese deporte que nació en las calles y en los barrios obreros, convertido ya en un lujo para millonarios, influencers, revendedores y políticos reciclados.
La FIFA viene a México como esos familiares ricos que visitan una casa humilde: todos corren a fingir que aquí nunca faltó nada. Que siempre vivimos así. Que el foco fundido del baño llevaba meses cambiado. Que el refrigerador jamás hizo ese ruido extraño. Y mientras tanto, la realidad permanece intacta: un país que sigue sin resolver sus problemas básicos pero que ya está listo para gastar miles de millones en un escaparate internacional de treinta días.
Y ni siquiera hemos hablado de la piratería. Porque no hay nada más mexicano que piratear hasta la propia fiesta que todavía no empieza. Ahí está el caso de la botarga pirata del Ajolote, esa criatura extraoficial que terminó convertida en símbolo involuntario del espíritu nacional: improvisado, hechizo, informal y profundamente más auténtico que muchas campañas oficiales. La FIFA la canceló porque no era “oficial”. Como si este país hubiera sido alguna vez oficial para algo. La ironía es maravillosa: México no puede evitar ser México ni siquiera cuando intenta parecer Suiza durante un Mundial.
La botarga pirata terminó siendo el retrato más honesto del evento. Porque mientras las instituciones venden discursos corporativos llenos de colores y slogans aspiracionales, el mexicano sigue operando desde la cultura del ingenio urgente, del “ahí se va”, del “nomás para que aguante”. Somos expertos mundiales en maquillar el caos mientras llegan las visitas.
Y quizá eso sea lo más triste de todo: el Mundial pudo haber sido una oportunidad histórica para corregir problemas reales. Transporte. Seguridad. Urbanismo. Movilidad. Infraestructura hidráulica. Pero en lugar de eso, parece que estamos construyendo una gigantesca escenografía de cartón piedra para que durante unas semanas los extranjeros crean que todo funciona… antes de que volvamos a guardar la vajilla buena y regresemos a la normalidad de siempre.
Porque el Mundial se acerca. Y México, fiel a su costumbre, no se está preparando para resolver sus problemas. Sólo se está preparando para esconderlos un ratito mientras llegan las visitas.

