
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Tenemos tan satanizado el ocio que hasta cuando no hacemos nada sentimos la necesidad de justificarlo. Hay que estar produciendo, trabajando, resolviendo pendientes, contestando mensajes, aprovechando el tiempo. Si uno pasa diez minutos mirando por la ventana parece que está desperdiciando la vida. Sin embargo, sospecho que algunas de las cosas más interesantes que puede descubrir una persona comienzan precisamente cuando deja de hacer algo útil.
El ocio abre puertas que permanecen cerradas para quien anda siempre a las carreras.
Pensemos, por ejemplo, en una nuez.
Hace falta cierto grado de desocupación para abrirla, observarla durante unos segundos y reparar en lo evidente: una nuez se parece muchísimo a un cerebro. Tiene dos mitades, una separación central y esa superficie arrugada que inevitablemente recuerda las circunvoluciones cerebrales. Uno podría comérsela y continuar con su día. Pero si tiene tiempo para perder puede hacerse una segunda pregunta: ¿por qué demonios se parecen?
Abróchese el cinturón, pues aquí empieza el viaje.
Una papaya abierta longitudinalmente puede recordar con bastante precisión una vulva: dos bordes carnosos alrededor de una cavidad central. Algo parecido ocurre con el corazón de ciertas manzanas. El durazno posee dos volúmenes separados por una hendidura y no hace falta demasiada imaginación para entender por qué terminó convertido en el emoji internacional del trasero. Pepinos, plátanos, zanahorias y berenjenas pertenecen, por su parte, a la extensa colección de objetos fálicos que la naturaleza produce sin el menor pudor.
Podríamos seguir. El frijol se parece extraordinariamente a un riñón. Algunas flores parecen labios. La llamada mano de Buda, una variedad de cidra, desarrolla prolongaciones que parecen dedos. Hay orquídeas cuyas flores recuerdan pequeños hombres desnudos, otras parecen monos y algunas cápsulas secas de boca de dragón adquieren el aspecto inquietante de diminutos cráneos.
Hasta aquí todo podría quedarse en una entretenida colección de coincidencias para gente con demasiado tiempo libre. Precisamente ahí está lo interesante: hay que tener demasiado tiempo libre para llegar a la siguiente pregunta.
¿Por qué la naturaleza repite ciertas formas?
Entonces descubrimos que una parte del asunto ocurre afuera y otra dentro de nuestra cabeza. Nuestro cerebro es una formidable máquina de encontrar patrones. Estamos especialmente capacitados para reconocer caras y cuerpos. Bastan dos puntos y una raya para que aparezca un rostro. Vemos caras en automóviles, enchufes, fachadas, nubes y manchas de humedad. A ese fenómeno lo llamamos pareidolia. Por eso una papa ligeramente deformada puede convertirse ante nuestros ojos en Richard Nixon.
Pero no todo es imaginación. La naturaleza parece repetir ciertas formas porque todos los seres vivos estamos sometidos a las mismas leyes físicas y porque existe un número limitado de soluciones eficientes para determinados problemas.
Cuando hay que transportar algo de un sitio a otro, aparece el tubo: tallos, raíces, vasos sanguíneos, intestinos. Cuando hay que distribuir algo desde un punto hacia miles, aparece la ramificación: las ramas de un árbol, nuestros vasos sanguíneos y los bronquios de los pulmones obedecen a arquitecturas sorprendentemente parecidas. Cuando hay que acomodar mucha superficie dentro de un espacio reducido aparecen los pliegues, y ahí volvemos al cerebro y a nuestra nuez.
Las formas redondeadas también aparecen una y otra vez. Las encontramos en frutas, semillas, células y órganos porque la esfera constituye una solución geométrica extraordinariamente eficiente para contener volumen. Las simetrías se repiten en hojas, flores, frutos y cuerpos animales. Los lóbulos aparecen aquí y allá. También las cavidades, las espirales y las estructuras segmentadas.
No significa que una nuez haya evolucionado para parecerse a un cerebro ni que exista alguna intención secreta detrás de la forma de una papaya. Significa algo quizá más hermoso: organismos que no tienen nada que ver entre sí pueden terminar llegando a soluciones geométricas semejantes porque habitan el mismo universo y están sujetos a las mismas reglas.
Y después está nuestra mirada. Porque somos nosotros quienes tomamos esas coincidencias y construimos relaciones entre ellas. Una berenjena solamente es una berenjena hasta que alguien tiene suficiente tiempo libre para mirarla de otra manera.
Quizá por eso deberíamos defender un poco más el ocio. No hablo necesariamente de pasar semanas tumbados contemplando el techo, aunque tampoco descartaría el experimento. Hablo de esos espacios aparentemente improductivos en los que la mente puede desviarse del camino previsto. Mirar una cosa, relacionarla con otra, formular una pregunta absurda y seguirla durante un rato para descubrir que detrás había una pregunta seria.
La prisa es muy eficiente para llegar a lugares conocidos. El ocio, en cambio, permite desviarse. Y a veces una desviación que comienza mirando una nuez termina hablando de neurociencia, botánica, geometría, evolución y de nuestra manera de percibir el mundo.
Tal vez perder el tiempo no siempre sea perderlo. A veces basta con tener unos minutos sin nada importante que hacer para descubrir que vivimos rodeados de cosas extraordinarias. El mundo no necesariamente se vuelve más interesante cuando aprendemos más cosas. A veces simplemente tenemos que reducir la velocidad suficiente para darnos cuenta de que ya lo era.
Después de todo, llevamos miles de años viviendo en un planeta donde las nueces parecen cerebros, las frutas parecen genitales y algunas flores parecen pequeños hombres desnudos. Lo verdaderamente extraño sería no detenerse de vez en cuando a mirarlo.

