
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
A veces uno tiene ideas que, de tan descabelladas, parecen un error histórico: una persona de clase media (e incluso muchas de ingresos modestos) vive hoy mejor que un rey de la Edad Media. No, no posee un castillo. Tampoco un ejército, una corona de oro o un linaje que aparezca en los libros de historia. Sin embargo, disfruta de comodidades y privilegios que ningún monarca medieval pudo siquiera imaginar.
Mi estimado lector, piense por un momento en aquel rey. Despertaba rodeado de sirvientes, sí, pero también en una fortaleza fría, húmeda y apenas iluminada por velas. No existía el agua potable corriendo por tuberías. El drenaje era rudimentario. El humo de las chimeneas impregnaba habitaciones y pulmones. Un dolor de muelas podía convertirse en una condena y una infección tan simple como una cortada en la mano tenía el potencial de acabar con su vida. Si necesitaba trasladarse unos cuantos cientos de kilómetros, debía prepararse para un viaje de días o incluso semanas, expuesto al clima, a los caminos y a los asaltantes.
Ahora mire a su alrededor.
Tal vez lea estas líneas sentado en un sillón cualquiera, con un vaso de agua limpia al alcance de la mano y una temperatura agradable dentro de su casa. Cuando termine, probablemente tome un teléfono que cabe en el bolsillo y, en cuestión de segundos, pueda hablar con alguien al otro lado del planeta, escuchar una sinfonía grabada hace décadas, consultar un mapa de cualquier ciudad del mundo o aprender, sin pagar un solo peso, cómo funciona un motor, la teoría de la relatividad o la receta de un risotto.
Ningún rey medieval tuvo acceso a semejante poder. Si mañana le duele una muela, acudirá al dentista. Si contrae una infección, recibirá antibióticos. Si necesita una cirugía, existe anestesia. Las vacunas han evitado enfermedades que durante siglos diezmaron reinos enteros. La electricidad convirtió la noche en una simple extensión del día. Un automóvil recorre en una hora distancias que antes exigían jornadas enteras a caballo. El supermercado de la esquina reúne alimentos provenientes de varios continentes, algo que habría parecido un acto de magia incluso para la mesa más lujosa de cualquier corte europea.
Rara vez pensamos en ello. Nos irrita que el internet falle unos minutos. Maldecimos cuando el elevador tarda demasiado. Nos desesperamos porque una aplicación no carga con la velocidad acostumbrada. No es ingratitud; es una característica profundamente humana. El cerebro convierte lo extraordinario en cotidiano con una rapidez asombrosa. Lo que ayer fue un milagro tecnológico, hoy es apenas el punto de partida de una nueva queja.
Esa es la verdadera historia del progreso. No consiste solamente en inventar cosas nuevas, sino en normalizar lo imposible. Cada generación hereda prodigios que la anterior habría considerado sobrenaturales y, en muy poco tiempo, deja de verlos como prodigios para convertirlos en derechos adquiridos.
Eso explica por qué el bienestar no siempre crece al mismo ritmo que el desarrollo. Vivimos rodeados de avances que habrían hecho llorar de asombro a un monarca medieval y, aun así, somos capaces de sentir que nos falta algo. La comodidad eleva el estándar; la costumbre hace el resto.
Nada de esto significa que la vida moderna sea perfecta. Existen desigualdades, pobreza, violencia y problemas que los castillos no resolvían ni las ciudades contemporáneas han conseguido erradicar. Tampoco significa que un empleado actual tenga más poder que un rey. Evidentemente no. Un monarca decidía guerras, dictaba leyes y gobernaba pueblos enteros. Pero si la pregunta fuera mucho más sencilla: ¿quién vivía con mayor comodidad material y mayores probabilidades de sobrevivir a una enfermedad común?
La respuesta sorprendería a más de uno. Tal vez el lujo más grande de nuestro tiempo no sea el automóvil que conducimos, el teléfono que llevamos en el bolsillo o la velocidad de nuestra conexión a internet. Tal vez el verdadero lujo sea haber olvidado que todo eso es extraordinario. Porque el día que dejamos de maravillarnos con los privilegios cotidianos es también el día en que empezamos a comportarnos como si los milagros nos debieran algo. Y pocas ironías son tan grandes como esa: la de vivir mejor que reyes… sin darnos cuenta.

