
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Hay una línea muy delgada entre la lucidez y la sospecha. Una línea que, una vez cruzada, no permite retorno. Porque si a uno le da por cuestionar la solidez de lo que llamamos “realidad”, algo empieza a crujir por dentro. No de forma estruendosa, no como un colapso evidente, sino como un murmullo persistente, incómodo, casi imperceptible: ¿y si nada de esto es real?
No hablo de una metáfora poética ni de una evasión filosófica. Hablo de una sospecha cruda. De la posibilidad, absurda pero inquietantemente coherente, de que todo, absolutamente todo, sea una construcción. Una simulación, un teatro, una ilusión cuidadosamente sostenida. Incluyéndonos a nosotros mismos.
Porque ¿qué es lo que realmente percibimos? Luz interpretada por el cerebro. Sonido convertido en impulsos eléctricos. Recuerdos que no son más que reconstrucciones inexactas. Identidades que dependen de narrativas que nos contamos a nosotros mismos. Nada es directo. Nada es puro. Todo pasa por filtros. Y esos filtros (nuestros sentidos, nuestra mente) no son instrumentos confiables, son traductores defectuosos.
Entonces, si todo lo que experimentamos está simulado, ¿qué garantía tenemos de que exista algo detrás? Tal vez no la hay. Tal vez somos personajes en una obra que no escribimos. Tal vez esta conversación, este texto, esta aparente continuidad de los días no es más que un guión que se despliega con una precisión tan impecable que confundimos con autenticidad. Como actores que olvidaron que están actuando. Como espectadores atrapados dentro de la pantalla.
Y lo más perturbador no es la posibilidad de que todo sea falso, sino que funcione. Que el sistema, sea cual sea, esté tan bien diseñado que no necesite convencernos: basta con que lo experimentemos. Basta con que reaccionemos. Con que sintamos miedo, amor, urgencia, ansiedad. Con que paguemos cuentas, hagamos planes, construyamos futuros que quizá no existen. Porque incluso si todo es una ilusión… duele. Importa. Pesa.
Ahí está la trampa.
No podemos escapar porque estamos programados para responder. Para actuar dentro de este escenario como si fuera definitivo. Como si cada decisión tuviera consecuencias reales. Como si el tiempo avanzara en una sola dirección. Como si el mundo no fuera un decorado sostenido por algo que no entendemos.
Y sin embargo, hay momentos. Fugas. Grietas diminutas donde la realidad parece fallar. Déjà vus que se sienten como errores de sistema. Coincidencias demasiado precisas. Sueños que parecen más coherentes que la vigilia. Pensamientos que no sabemos de dónde vienen. Instantes en los que todo se vuelve sospechosamente perfecto. O sospechosamente absurdo. Ahí, justo ahí, algo se asoma.
Pero volvemos. Siempre volvemos. A la rutina, a lo tangible, a lo verificable. Porque cuestionarlo todo es inviable. Porque vivir en duda permanente es insostenible. Porque, ilusión o no, hay que pagar la renta, contestar mensajes, seguir avanzando.
Y entonces aceptamos. No por convicción, sino por necesidad. Aceptamos que esto, lo que sea esto, es lo único que tenemos. Quizá la verdad no importa. Quizá nunca estuvo destinada a ser descubierta. O peor aún: quizá ya la sabemos, pero no podemos procesarla sin rompernos. Así que seguimos. Caminando dentro de una realidad que podría no ser real, pero que exige ser vivida como si lo fuera.
La reciente misión Artemis II pretende poner al hombre nuevamente en la luna después de 53 años. Muchos siguen con la idea de que todo ha sido una farsa, un montaje. Los conspiranoicos se empeñan en demostrar que el hombre jamás ha puesto un pie en la luna. Mientras yo lucho por no volverme loco por estar, permanentemente, cuestionando la realidad. Pues para mi la farsa no radica en que el hombre no ha pisado la luna, para mi toda la sospecha gira en torno a que la luna ni siquiera existe.

