
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Hasta donde yo recuerdo, antes opinar implicaba algo más que tener boca. Había que leer. Había que estudiar. Había que equivocarse durante años antes de aventarse al vacío de una idea pública. Existía el pudor intelectual. Una noción básica de que no cualquiera debía tomar un micrófono para pontificar sobre política, economía, cultura, cine, fútbol, guerras, filosofía, psicología o el colapso moral de Occidente mientras mastica boneless frente a una cámara web comprada en oferta.
Desafortunadamente los tiempos han cambiado. Hoy vivimos en la era de la democratización absoluta de la opinión, que suena muy bonito hasta que uno abre TikTok y descubre que el algoritmo le está explicando geopolítica mediante un sujeto que hace seis meses subía videos recomendando sabores de vapeadores. El problema no es que la gente opine. La gente siempre ha opinado. El problema es que ahora todo mundo cree que su opinión merece escenario, edición multicámara, intro con neones morados y micrófono colgante.
La llegada del podcast terminó de destruir lo poco que quedaba de vergüenza pública. Hace unos años la pregunta era: “¿Tienes un podcast?”. Hoy la pregunta correcta es: “¿De qué trata tu maldito podcast?”, porque ya todos tienen uno. El entrenador del gimnasio tiene podcast. El tatuador tiene podcast. El vendedor de seguros tiene podcast. El amigo que no terminó la preparatoria pero fuma marihuana y descubrió a Nietzsche mediante reels motivacionales también tiene podcast. Y todos, absolutamente todos, están convencidos de que el mundo necesita ser escuchado.
Vivimos rodeados de gente que jamás estudió periodismo queriendo entrevistar. Gente que nunca estudió comunicación queriendo analizar medios. Gente que jamás abrió un libro de teoría política dando lecturas simplonas sobre el país. Se ha romantizado peligrosamente la ignorancia adornada con seguridad verbal. Hoy basta hablar fuerte, interrumpir mucho y decir “hermano” cada veinte segundos para que internet te bautice como “líder de opinión”.
Y sí, claro que existe la libertad de expresión. Pero una cosa es tener derecho a hablar y otra muy distinta es tener autoridad intelectual para convertir tu ocurrencia en discurso público. Nadie dejaría que un influencer operara corazones por el simple hecho de “tener opiniones médicas”. Nadie abordaría un avión piloteado por un conductor de Uber que vio tres tutoriales de aviación en YouTube. Entonces, ¿por qué demonios aceptamos que cualquiera usurpe profesiones enteras relacionadas con el análisis, la información y la comunicación?
Porque nos enamoramos de la falsa idea de que toda opinión vale lo mismo. Y no. No todas valen igual. Hay opiniones construidas con años de lectura, experiencia, contexto histórico, ética profesional y rigor académico. Y hay opiniones fabricadas en media hora mientras alguien edita clips para monetizar indignación. Pero internet borró la línea entre ambas. El especialista y el imbécil ahora comparten exactamente el mismo espacio visual: un cuadrito vertical iluminado con LED baratos.
La saturación ya es insoportable. Abrimos Spotify y aparecen quince podcasts nuevos diarios hablando exactamente de lo mismo: “la sociedad ya no aguanta nada”, “las mujeres modernas”, “mentalidad de tiburón”, “el fracaso de la generación actual”, “cómo despertar tu macho alfa”, “cine infravalorado”, “conspiraciones”, “esto no te lo quieren decir”. El mismo discurso reciclado hasta el vómito, repetido por sujetos distintos que se sienten revolucionarios porque usan gorra y hablan durante cuatro horas sin editar silencios.
Lo más trágico es que mucha gente ya no busca información. Busca validación emocional. No quiere aprender; quiere escuchar a alguien que piense igual que ellos mientras asienten con la cabeza manejando rumbo al trabajo. El podcast moderno dejó de ser conversación y se convirtió en ruido de fondo para egos desesperados de atención. Y así terminamos atrapados en una civilización donde todos hablan, nadie escucha y muy pocos realmente saben algo.
La tragedia contemporánea no es la falta de voz. Es el exceso de micrófonos.

