
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Desde hace algún tiempo adquirí una costumbre que, para alguien que disfruta tanto del deporte como yo, podría parecer extraña: veo los partidos de fútbol en MUTE. No todos, todavía. Pero cada vez más.
No es que haya dejado de gustarme el fútbol. Todo lo contrario. Me gustan los deportes en general y sospecho que seguiré viendo partidos hasta que tenga edad suficiente para quedarme dormido durante el primer tiempo y despertar preguntando cómo quedó. El problema no está en el juego. Está en todo el ruido que hemos construido alrededor de él.
En algún momento de las últimas décadas, especialmente en las transmisiones de habla hispana, el narrador de fútbol dejó de ser narrador y se convirtió en una especie de merolico deportivo. Todo tiene que ser emocionante. Todo tiene que ser histórico. Todo tiene que ser espectacular.
Un saque de esquina parece anunciar el desembarco de Normandía. Un disparo que pasa tres metros por encima del travesaño merece un alarido. Una llegada medianamente peligrosa provoca que el narrador pierda momentáneamente el control de sus cuerdas vocales. Y cuando finalmente cae un gol, aquello puede alcanzar niveles acústicos que deberían requerir autorización de Protección Civil.
Lo curioso del asunto es que muchas veces el partido simplemente no lo amerita. Recientemente veía un Atlético de San Luis contra Orlando City en la Leagues Cup. El estadio estaba prácticamente vacío. El ambiente era discreto y, siendo generosos, tampoco estábamos presenciando un encuentro que fuera a modificar para siempre la historia del fútbol continental. Pero si uno cerraba los ojos y escuchaba únicamente al narrador, parecía que se estaba jugando la muerte súbita de una final de Copa del Mundo.
Durante años, las transmisiones deportivas han desarrollado una especie de inflación de la emoción. Para mantener nuestra atención, cada partido tiene que parecer más importante de lo que realmente es. El narrador ya no solamente describe lo que ocurre: tiene que vendernos permanentemente la idea de que estamos presenciando algo extraordinario.
Incluso cuando no está ocurriendo absolutamente nada extraordinario. Y creo que esa carrera ya llegó a su límite. Los narradores ya gritan prácticamente todo lo que pueden gritar. Las cadenas de televisión han llenado las transmisiones de frases grandilocuentes, apodos, efectos, estadísticas, polémicas, discusiones y voces que compiten entre sí por nuestra atención. Los festejos de gol también han seguido el mismo camino: carreras interminables, brincos, coreografías, cámaras encima de los jugadores y celebraciones diseñadas para convertirse inmediatamente en contenido para redes sociales.
Todo parece obligado a ser memorable.
Pero hay un pequeño inconveniente: si todo es memorable, nada lo es. Si un gol en la jornada cuatro de un torneo cualquiera se narra con la misma intensidad que un gol en el minuto 119 de una final, ¿qué queda para cuando ocurra verdaderamente algo excepcional?
Nada. Hemos topado.
No se puede gritar mucho más fuerte. No se puede prolongar mucho más la palabra “gol”. No se puede agregar mucho más dramatismo a un tiro de esquina. Hemos llegado a un punto en el que la industria del fútbol parece haber agotado su capacidad de incrementar artificialmente la emoción.
Por eso he comenzado a ver partidos en silencio. Y para mi sorpresa, me gustan más. Sin narradores descubro nuevamente las sensaciones reales del juego. Puedo observar una jugada sin que alguien me explique inmediatamente lo que acabo de ver. Puedo decidir por mí mismo si algo fue espectacular, mediocre, aburrido o emocionante.
Sobre todo, puedo permitir que el partido tenga la intensidad que realmente tiene. Porque también existe el fútbol aburrido. Y no pasa nada. Hay partidos malos, partidos intrascendentes, partidos que terminan cero a cero y que merecían terminar cero a cero. No todos necesitan convertirse en una experiencia épica. Parte del encanto del deporte consiste precisamente en que uno nunca sabe cuándo, dentro de esos noventa minutos, aparecerá algo verdaderamente extraordinario.
Y para reconocer lo extraordinario necesitamos conservar la existencia de lo ordinario. Tal vez por eso disfruto cada vez más ese pequeño botón del control remoto: MUTE.

