
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Durante buena parte del siglo XX nos convencieron de que el gran problema de la humanidad sería la sobrepoblación. Que algún día seríamos tantos que no habría suficiente comida, agua ni espacio para todos. Hoy, apenas unas décadas después, la conversación comenzó a cambiar. Ya no nos preocupa tanto que nazcan demasiadas personas. Nos empieza a inquietar que nazcan muy pocas.
La población mundial todavía sigue creciendo, sí, pero lo hace cada vez con más lentitud. De continuar la tendencia, dentro de algunas décadas alcanzaremos un máximo histórico para luego iniciar un descenso que, según muchos demógrafos, podría definir el siglo XXI. No porque vayamos a desaparecer, sino porque el mundo será distinto. Habrá menos niños, más adultos mayores y sociedades enteras intentando aprender a funcionar cuando ya no existan suficientes jóvenes para reemplazar a quienes se jubilan.
Resulta curioso cómo cambian los miedos de la humanidad. Antes temíamos que hubiera demasiada gente. Ahora comenzamos a preguntarnos qué ocurrirá cuando seamos menos. Yo, de alguna manera, formo parte de esa estadística. Hace algunos años tomé la decisión de no tener hijos. Nunca fue una tragedia ni una renuncia dolorosa. Simplemente entendí que ese no era el camino que quería recorrer.
En cambio, decidí compartir mi vida con tres gatos que, contra toda lógica, han logrado convertirse en una familia perfectamente funcional. Louie, Mina y Pepper no heredarán mis apellidos ni continuarán un árbol genealógico, pero me han enseñado que existen muchas maneras de construir un hogar.
Y soy profundamente feliz con esa decisión. Sin embargo, conforme pasan los años, hay una pregunta que comenzó a perseguirme. No tiene nada que ver con el apellido familiar, con el patrimonio ni con las viejas expectativas sociales. Mi preocupación es mucho más absurda.
¿A quién le voy a heredar mis libros?
Sé que parece una tontería, pero no lo es. Cada libro de una biblioteca personal es una pequeña autobiografía. Ahí están las novelas que me cambiaron la forma de ver el mundo, los ensayos que subrayé hasta el cansancio, los autores que me acompañaron durante noches difíciles y los volúmenes que compré simplemente porque algún día quería entender un poco mejor la vida.
No son solamente hojas impresas. Son horas de curiosidad. Son conversaciones con personas que murieron hace siglos. Son pedazos de quien fui en distintas etapas de mi existencia. Y de pronto me descubro imaginando un escenario extraño: algún día yo ya no estaré aquí y esos cientos de libros permanecerán perfectamente acomodados en un librero esperando a un lector que quizá nunca llegue.
Mis gatos, por supuesto, no tienen el menor interés en ellos. Si acaso, usarán alguno como almohada. Entonces surge una pregunta que probablemente miles de personas sin hijos se hacen, aunque cada quien con objetos distintos.
¿Quién cuidará aquello que tanto significado tuvo para nosotros?
Puede ser que la respuesta sea más sencilla de lo que parece pues estamos demasiado acostumbrados a pensar que todo debe heredarse por sangre. Pero los libros nunca han entendido de árboles genealógicos. Los libros siempre han encontrado nuevos dueños.
A veces llegan a un hijo. A veces a un sobrino o a un amigo. A una biblioteca o a un estudiante que jamás conocimos. O simplemente a un desconocido que abre una caja olvidada en un mercado de antigüedades y encuentra, entre páginas amarillentas, una dedicatoria escrita décadas atrás. Esa debe de serla verdadera inmortalidad de un libro.No permanecer en una familia, sino seguir siendo leído.
Porque al final, igual que la humanidad, los libros también sobreviven gracias al relevo generacional. Sólo que ese relevo no siempre lleva nuestro apellido. Y pensándolo bien… eso futuro tiene algo profundamente hermoso. Así que no, ya no me preocupa demasiado que mis gatos no sepan leer.
Me preocupa más que, cuando llegue el momento, exista alguien con suficiente curiosidad para abrir uno de mis libros y descubrir, entre sus páginas, un pedacito de la vida de alguien a quien nunca conoció.

