
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Pocas cosas ha perseguido la humanidad con tanta insistencia como una manera confiable de despertarse a tiempo. No de vivir más. No de ser más felices. No de alcanzar la iluminación espiritual. Simplemente levantarse temprano. Y si uno se pone a revisar la historia, descubre que el despertador es uno de esos inventos que han evolucionado durante siglos sin que cambie su esencia: la misión siempre ha sido la misma, sacarnos de la cama contra nuestra voluntad.
Mucho antes de que existieran los relojes despertadores, e incluso antes de que muchas ciudades tuvieran relojes públicos, despertarse dependía de métodos bastante rudimentarios. En algunos monasterios medievales eran las campanas las que marcaban el inicio de la jornada. Los campesinos confiaban en la salida del sol o, con un optimismo admirable, en el canto del gallo. El problema es que ni el sol ni el gallo entienden de horarios laborales.
Con la Revolución Industrial apareció un nuevo problema. Las fábricas no aceptaban como excusa aquello de “es que hoy el gallo no cantó”. Había que llegar puntualmente y eso dio origen a uno de los oficios más curiosos de la historia.
En Inglaterra e Irlanda existieron los llamados knocker-ups, algo así como despertadores humanos. Eran personas contratadas exclusivamente para despertar a sus clientes. Caminaban por las calles de madrugada armados con una larga vara de bambú o con un tubo por el que disparaban pequeños guijarros o semillas secas hacia las ventanas de quienes les pagaban el servicio.
Lo más curioso es que no se iban después del primer golpe. Permanecían ahí hasta comprobar que la persona realmente se había levantado. Incluso aquellos profesionales entendían algo que seguimos ignorando hasta nuestros días: apagar la alarma no significa que ya estés despierto.
Poco después comenzaron a popularizarse los relojes despertadores mecánicos. Eran verdaderas piezas de ingeniería para su época. Mediante engranes, resortes y campanas metálicas lograban producir ese característico timbrazo que todavía muchas personas recuerdan. No había melodías relajantes. No había sonidos del bosque. No existía la opción de “cinco minutos más”. Aquello era prácticamente una declaración de guerra contra el sueño.
Durante el siglo XX llegaron los despertadores eléctricos y más tarde los digitales. De pronto ya no había que darles cuerda. Bastaba con programar la hora y confiar en que la electricidad no fallara durante la noche. Algunos incorporaron radio, otros proyectaban la hora sobre el techo y unos cuantos presumían funciones futuristas que hoy parecen completamente normales.
Después llegaron los teléfonos celulares. Y sin hacer demasiado ruido acabaron con una industria entera.
Hoy millones de personas ya no tienen un despertador sobre el buró. El mismo aparato que usamos para trabajar, conversar, escuchar música, tomar fotografías, leer noticias y perder una hora viendo videos de perros haciendo tonterías es también el encargado de arrancarnos del sueño cada mañana.
Luego aparecieron los asistentes inteligentes. Ahora basta decir: “Alexa, despiértame mañana a las seis y media”, y una pequeña bocina hace el resto. Hemos delegado hasta esa responsabilidad.
Sin embargo, con tanta tecnología hemos cometido un error que, sospecho, la humanidad tardará décadas en reconocer. Poner como alarma nuestra canción favorita.
Es una pésima idea.
Entiendo perfectamente la lógica inicial. Uno piensa: “Si me encanta esta canción, seguramente empezaré el día de buen humor.”
No.
Lo que realmente ocurre es que nuestro cerebro comienza a asociar esa melodía con la peor parte de la mañana: abandonar una cama calientita, abrir los ojos cuando todavía no quieres hacerlo y recordar que existen juntas, tráfico, pendientes y responsabilidades. La pobre canción no tiene la culpa de nada, pero termina pagando los platos rotos.
Poco a poco deja de recordarte aquel concierto inolvidable o ese viaje especial. Ahora te recuerda que son las seis de la mañana y que tienes que levantarte porque, de lo contrario, llegarás tarde. Y un día descubres que ya no soportas escucharla. La condenaste sin querer.
Por eso tengo para usted, mi estimado lector, un consejo que quizá sea poco ortodoxo, pero funciona. Jamás uses como alarma una canción que ames. Al contrario. Pon una canción que detestes. Una de esas que te provoque un rechazo inmediato. Una melodía que quieras silenciar cuanto antes.
Y ya que estás en eso, deja el celular lejos de la cama. Lo suficientemente lejos para que no puedas estirar un brazo y apagar la alarma sin abrir los ojos. Oblígate a levantarte. Da esos diez o quince pasos maldiciendo al compositor, al cantante y a quien haya inventado ese ritmo insoportable. Cuando finalmente logres apagarla, lo más difícil del día ya estará hecho: salir de la cama.
Los viejos despertadores humanos estarían orgullosos. Ellos lanzaban piedritas contra tu ventana. Nosotros podemos programar una canción horrible y la dejamos al otro lado del cuarto. La tecnología cambia. Las estrategias para obligarnos a despertar… no tanto.

