
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Hay una etapa en la vida en la que uno deja de intentar corregir al mundo y empieza a contemplar la idea de incendiarlo. No por convicción ideológica, ni por un impulso revolucionario digno de pancarta, sino por puro hartazgo. Por esa náusea espesa que se instala en el cuerpo cuando uno se da cuenta de que las dinámicas podridas no sólo no cambian, sino que se reproducen con una terquedad casi genética dentro de los sistemas más cercanos: la familia, la pareja, el trabajo, el círculo íntimo. Ahí donde uno esperaría, ingenuamente, un mínimo de conciencia.
Porque hay algo profundamente desgastante en convivir con la repetición de lo incorrecto. Con el impuntual crónico que convierte el tiempo ajeno en un objeto desechable. Con el irresponsable que navega la vida con la ligereza de quien sabe que alguien más recogerá los pedazos. Con el alcohólico funcional que institucionaliza la peda como si fuera un ritual sagrado de dos veces por semana. Con el ludópata doméstico que apuesta no sólo dinero, sino estabilidad, futuro, dignidad. Y lo peor no es su conducta en sí misma, sino la normalización. Esa especie de pacto silencioso donde todos ven, todos saben… pero nadie hace nada.
Ahí es donde aparece la tentación. No la de corregir, porque corregir implica energía, paciencia y una fe en el otro que a veces ya no alcanza. La tentación es otra: reflejar. Convertirse en un espejo deformado. Jugar al “uno más que tú”. Si tú llegas tarde, yo llegaré más tarde. Si tú fallas, yo fallo el doble. Si tú destruyes, yo acelero la demolición. No por justicia, sino por saturación. Como si la única forma de evidenciar el absurdo fuera llevarlo al extremo, empujarlo hasta que colapse por su propio peso.
Es una lógica peligrosa, por supuesto. Pero también brutalmente seductora. Porque hay un placer oscuro en dejar de ser el que sostiene. En abandonar el rol del que compensa, del que equilibra, del que “pone de su parte”. Durante años se nos educa para eso: para ser el amortiguador de las fallas ajenas. El que llega temprano aunque los demás no lo hagan. El que cumple aunque nadie más cumpla. El que cuida aunque nadie cuide. Y llega un punto en que esa narrativa se rompe. No con un grito, sino con un bostezo largo, cansado, lleno de asco.
Entonces uno imagina el experimento: ¿qué pasaría si todos dejáramos de sostener? Si el responsable se volviera irresponsable, el puntual impuntual, el sobrio excesivo, el ordenado caótico. Como un acto de sabotaje controlado. Una especie de performance social donde el objetivo no es mejorar el sistema, sino exhibirlo en su forma más grotesca.
Sin embargo, hay algo incómodo en esa idea. Porque en el fondo, jugar a ser peor no deja de ser una derrota. Es aceptar que el entorno tiene tal nivel de descomposición que la única respuesta posible es mimetizarse con él. Es dejar de aspirar a algo distinto. Es, en cierto modo, contagiarse.
Entonces la náusea se vuelve más profunda. Porque ya no sólo es hacia los otros, sino hacia uno mismo. Hacia la posibilidad real de convertirse en aquello que tanto molesta. Y entonces la pregunta cambia. Ya no es “¿hasta dónde puedo aguantar?”, sino “¿hasta dónde estoy dispuesto a degradarme para demostrar un punto?”.
El hartazgo, cuando se acumula, no siempre explota hacia afuera. A veces se filtra hacia adentro, corroe, transforma. Y en ese proceso, el riesgo no es que el mundo arda, sino que uno termine disfrutando ver cómo se reduce a cenizas.
Se vende casa, incluye familia. Escucho ofertas.

