
Por Daniel Tristán/ Júpiter Noticias
Durante unas cuantas semanas, México volvió a sincronizar sus emociones. Los horarios cambiaron, las reuniones se organizaron alrededor de un televisor y, por noventa minutos, millones de personas compartimos exactamente el mismo deseo: que la Selección Mexicana ganara.
Y qué gusto dio verla competir. Más allá del resultado, fue un equipo que mostró carácter, orden y una actitud que hacía mucho tiempo la afición pedía. Corrió cada pelota como si fuera la última, peleó cada espacio y recordó que el talento siempre luce mejor cuando va acompañado de entrega. Esa versión del Tri fue digna de un Mundial y de una afición que nunca deja de creer.
Sin embargo, mientras observaba uno de esos partidos, terminé pensando en algo que, en apariencia, no tenía ninguna relación con el fútbol: la pirámide de Maslow. El psicólogo Abraham Maslow sostenía que las personas construimos nuestra vida por niveles. Primero vienen las necesidades indispensables: alimento, salud, descanso, seguridad y un lugar donde vivir. Después aparecen otras igual de importantes, como el sentido de pertenencia, el reconocimiento y, finalmente, la posibilidad de disfrutar aquello que nos realiza como seres humanos.
Es una teoría sobre la naturaleza humana. Pero también es una extraordinaria manera de entender por qué un partido de fútbol puede decir mucho más de nosotros de lo que imaginamos. Porque sentarse en un sillón a ver jugar a México es un privilegio. No solemos verlo así. Lo damos por hecho. Pensamos que prender el televisor, abrir una cerveza, preparar la botana y discutir la alineación es parte de la rutina. Pero para que ese momento exista tuvieron que resolverse muchas otras cosas primero.
Hubo que regresar sano a casa. Hubo que tener un trabajo que permitiera comprar esa televisión. Hubo que poner comida sobre la mesa. Hubo que contar con electricidad, con internet o con una señal de televisión. Hubo, sobre todo, que tener la tranquilidad suficiente para concedernos dos horas en las que el problema más importante del día fuera si el árbitro marcaría un penal o si el técnico debía hacer un cambio.
Eso significa que, al menos por ese instante, nuestras necesidades más básicas estaban cubiertas. Y esa es una fortuna enorme. Porque mientras millones celebrábamos un gol, otras personas seguían enfrentando batallas mucho más urgentes. Hay quienes hoy libran una enfermedad, buscan empleo, intentan llevar alimento a su familia o atraviesan un duelo que convierte cualquier resultado deportivo en algo completamente secundario.
Incluso esta misma Copa del Mundo nos recordó lo frágil que puede ser la vida. Hubo personas que perdieron la vida durante los festejos en el Ángel de la Independencia. Una noticia dolorosa que nos obliga a poner las cosas en perspectiva: ninguna victoria vale más que una vida, y ninguna pasión debería terminar en tragedia.
Quizá por eso el verdadero aprendizaje de este Mundial no esté únicamente en la actuación de la Selección. Está en nosotros. En reconocer que poder emocionarnos por un partido significa que, al menos por un momento, la vida nos dio permiso de hacerlo. Que nuestras preocupaciones más inmediatas hicieron una pausa. Que tuvimos salud para gritar un gol, amigos o familia con quienes compartir la emoción, tiempo para sentarnos frente a una pantalla y la tranquilidad suficiente para permitir que un balón ocupara el centro de nuestros pensamientos.
Eso no significa que vivamos en un país perfecto. Sería absurdo afirmarlo. México sigue enfrentando enormes desafíos sociales, económicos y de seguridad. Aún hay millones de personas para quienes la prioridad continúa siendo sobrevivir antes que disfrutar. La pirámide de Maslow también nos recuerda esa deuda pendiente: mientras algunos discutimos una alineación, otros siguen luchando por alcanzar los primeros escalones de esa misma pirámide.
Precisamente por eso vale la pena agradecer. Porque la gratitud no consiste en ignorar los problemas, sino en reconocer aquello que, en medio de ellos, sigue siendo valioso. El fútbol tiene una capacidad extraordinaria para unir a un país que pocas veces coincide en algo. Nos hace abrazar desconocidos, discutir con pasión, cantar el himno con el pecho inflado y volver a creer que, durante noventa minutos, once jugadores pueden representar los sueños de millones.
Pero quizá el mayor regalo no fue la actuación de la Selección Mexicana. El mayor regalo fue haber tenido la posibilidad de vivirla. Porque el día en que descubrimos que preocuparnos por un partido de fútbol es un privilegio y no una obligación, entendemos que el marcador más importante no siempre aparece en la pantalla. A veces, el mejor resultado ya había comenzado mucho antes del silbatazo inicial: despertar con salud, tener un hogar al cual regresar, una mesa donde compartir los alimentos y la paz suficiente para regalarle dos horas de nuestra vida a algo tan maravillosamente inútil… como perseguir un balón.
Y cuando uno entiende eso, descubre que el verdadero motivo para celebrar nunca fue el fútbol. El verdadero motivo siempre fue haber tenido la fortuna de poder disfrutarlo.

