
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
Hay un viejo centinela que lleva décadas haciendo guardia en la entrada de Balcones del Valle. No cobra peaje, no da indicaciones y tampoco aparece en las guías turísticas de San Luis Potosí. Sin embargo, miles de automovilistas pasan frente a él todos los días sin dejar de verlo, aunque ya casi nadie lo mire.
Junto a la glorieta que conecta la avenida Salvador Nava con la entrada de Balcones se erige el viejo y oxidado anuncio de Tucky-Tucky. Ahí permanece, suspendido sobre su estructura metálica, como una fotografía detenida en el tiempo. La lámina ya perdió el brillo hace muchos años. El óxido ha ido conquistando cada centímetro de su superficie. El sol potosino lo ha decolorado sin piedad; la lluvia ha dejado cicatrices de herrumbre; el viento le ha arrancado cualquier pretensión de modernidad. Mientras alrededor aparecen edificios nuevos, pavimentos recién colocados y avenidas remodeladas, él sigue exactamente donde siempre estuvo, observando en silencio cómo la ciudad cambia de piel.
Lo curioso es que ese anuncio sigue cumpliendo su función. Todavía anuncia y, contra todo pronóstico, sigue vendiendo. Todavía basta que alguien lo mencione para que la memoria haga el resto. De inmediato aparecen los recuerdos de una paleta de uva, un sándwich de vainilla o una nieve comprada después de salir de la escuela. Porque hay anuncios que convencen con diseño, iluminación y pantallas LED. Este convence únicamente porque, aunque agónico, aún sobrevive.
Estoy convencido de que esa es también la mejor descripción posible de Tucky Tucky. La empresa nació en 1981, fruto del esfuerzo de una familia que venía de vender helados en carritos antes de consolidar su propia fábrica sobre Calzada de Guadalupe. Durante muchos años, el nombre Tucky Tucky fue parte del paisaje cotidiano de los potosinos. Había sucursales, congeladores, paletas y nieves que parecían estar en todas partes. Era una de esas marcas locales que uno asumía eternas porque siempre habían estado ahí.
Hoy el panorama es distinto.
La marca continúa viva. Algunas sucursales siguen atendiendo clientes y todavía hay quienes buscan específicamente sus productos. Sería injusto decir que desapareció. No lo hizo. Pero también sería difícil negar que su presencia ya no domina la ciudad como alguna vez ocurrió. Mientras nuevas franquicias y cadenas nacionales multiplican sucursales, Tucky Tucky parece resistir con la paciencia de quien entiende que las modas pasan, pero las tradiciones permanecen.
Por eso resulta imposible no encontrar un paralelismo entre la empresa y aquel viejo espectacular. Los dos están envejecidos. Ambos muestran las huellas del tiempo. Los dos parecen olvidados por quienes viven con prisa. Y, sin embargo, ambos siguen trabajando.
Porque el anuncio continúa diciendo “aquí está Tucky Tucky”, aunque el metal ya no luzca impecable. Y la empresa sigue haciendo exactamente lo mismo que hacía hace décadas: refrescar tardes de calor, fabricar recuerdos en forma de paletas y negarse, silenciosamente, a desaparecer.
Probablemente la publicidad moderna jamás permitiría un espectacular oxidado durante tantos años. Algún consultor recomendaría sustituirlo por una pantalla digital, colores más brillantes y una campaña en redes sociales. Tal vez tendría razón. Pero entonces dejaría de ser ese anuncio.
Dejaría de ser ese viejo pedazo de lámina que ha visto pasar generaciones enteras. Que observó cuando Salvador Nava tenía mucho menos tráfico. Que vio crecer Balcones del Valle, abrir negocios, cerrar otros, pasar vochos, combis, camionetas y ahora largas filas de automóviles. Que ha contemplado cómo San Luis Potosí dejó de ser una ciudad pequeña para convertirse en una metrópoli.
Mientras todo eso ocurría, él permaneció inmóvil y hay algo profundamente entrañable en esa resistencia. Porque existen marcas que desaparecen dejando únicamente un registro mercantil. Otras dejan edificios abandonados. Muy pocas consiguen quedarse viviendo en la memoria colectiva. Tucky Tucky pertenece a ese reducido grupo de empresas que ya forman parte de la identidad potosina. Igual que ocurre con otras marcas locales que sobrevivieron a décadas de cambios, su mayor patrimonio quizá ya no sea el número de sucursales, sino el lugar que ocupa en los recuerdos de quienes crecieron con ella.
Mi estimado lector. La próxima vez que pase por la glorieta de Balcones del Valle, levante un poco la vista. Ahí seguirá ese viejo anuncio oxidado. No tiene luces. No se mueve. No presume tecnología. Simplemente está ahí, como Tucky Tucky. Cansado, desgastado y con muchas batallas encima pero todavía anunciando, vendiendo, resistiendo.

