
Por Daniel Tristán/Júpiter Noticias
A estas alturas de la vida ya ninguna cruda me sienta bien. Esta cruda no provoca dolor de cabeza, no se cura con un caldo bien picoso y tampoco aparece después de una noche de excesos. Llega cada cuatro años, puntualmente, cuando el árbitro pita el final del último partido del Mundial y, de un momento a otro, el planeta vuelve a girar como si nada hubiera pasado. La maldita cruda post-Mundial.
Es una sensación extraña. Durante un mes entero el reloj de millones de personas estuvo sincronizado. Nos despertábamos preguntando qué partidos había, hacíamos espacio en la agenda para no perdernos un duelo de fase de grupos entre selecciones que jamás habíamos visto jugar y, por unos instantes, la política, las crisis económicas y los problemas cotidianos parecían hacerse a un lado porque había un balón rodando en alguna parte del mundo.
Después, simplemente, termina.
Al día siguiente ya no hay ceremonia de inauguración, ni himnos nacionales, ni estadios repletos de aficionados llegados de los cinco continentes. El teléfono deja de llenarse de memes sobre penales, sorpresas y eliminaciones. Los grupos de WhatsApp vuelven a hablar de pendientes de trabajo. Los restaurantes dejan de apartar pantallas. La vida recupera su volumen habitual.
Y uno descubre que aquello que durante un mes parecía el centro del universo era, en realidad, un paréntesis. Confieso que uno de los síntomas más fuertes de esta cruda aparece cuando vuelvo a encender la televisión y, en lugar de ver a las mejores selecciones del planeta disputando cada balón como si fuera el último, aparece el Atlético de San Luis enfrentando una noche cualquiera del viernes botanero de Liga MX.
Que nadie me malinterprete. Le tengo un enorme cariño al Atlético de San Luis. Es mi equipo. Celebro sus victorias y padezco sus derrotas. También disfruto la Liga MX porque es nuestra, porque crecimos viéndola y porque en sus estadios se cuentan historias que difícilmente podrían repetirse en otro lugar. Pero sería mentir decir que el contraste no existe.
Venimos de pasar un mes viendo el futbol en su máxima expresión. La velocidad con la que circula el balón. La precisión de cada pase. La intensidad con la que se disputan los espacios. La sensación permanente de que cualquier error puede cambiar la historia de un país entero. Y, de pronto, regresamos a nuestra realidad futbolística, donde el ritmo baja, las decisiones parecen más lentas y uno recuerda, quizá con un poco de tristeza, el lugar que ocupa nuestro futbol dentro del concierto internacional.
La cruda post-Mundial no nace porque nuestro equipo sea malo ni porque nuestra liga no tenga momentos memorables. Nace porque durante unas semanas nos acostumbramos a vivir en la cima del deporte. Es como regresar a casa después de haber contemplado una cordillera inmensa. Tu ciudad sigue siendo la misma. Tu calle sigue teniendo el mismo encanto. Pero tus ojos todavía conservan el recuerdo del paisaje anterior.
Durante el Mundial todos compartimos una misma conversación. En la oficina, en el taxi, en la fila del supermercado o en la mesa familiar siempre había alguien dispuesto a comentar el gol de la noche anterior, la sorpresa del torneo o la atajada imposible que acabábamos de presenciar. Durante un mes fuimos miles, quizá millones de desconocidos, siguiendo exactamente la misma historia. Eso también desaparece.
Cada quien vuelve a sus pendientes, a sus horarios, a sus preocupaciones y a sus propios algoritmos. Ya no todos estamos viendo lo mismo. Ya no todos esperamos la misma hora. La conversación común se fragmenta y el mundo vuelve a dispersarse en millones de pequeñas historias individuales.
Tal vez por eso duele un poco cuando termina un Mundial. No es solamente porque se acaba el mejor futbol del planeta. Es porque también termina uno de los pocos momentos en los que la humanidad parece ponerse de acuerdo para mirar hacia el mismo lugar.
Y entonces entendemos que la verdadera cruda post-Mundial no consiste en volver a ver al Atlético de San Luis, a la Liga MX o al futbol cotidiano. Consiste en descubrir que aquello que nos hizo sentir parte de algo gigantesco ya terminó, y que ahora tendremos que esperar otros cuatro años para volver a experimentar esa extraña sensación de que, por un instante, el mundo entero latía al mismo ritmo.

